sábado, 22 de enero de 2011

A veces, despertar duele.


Aquella madrugada, mientras observábamos amanecer, anochecíamos nosotros mismos.
A veces, cuando se te desdibuja la sonrisa del rostro, mirarte me pesa. 
Otras veces, cuando se te apaga la mirada, no sé hacia dónde verte. Pareces volatilizarte en el aire de tu propia ausencia.



Anoche me propuse contar todas las veces en que me he sentido como una extraña ante tu presencia. Como una intrusa en nuestras conversaciones. También me propuse reconocerme al mirarme en el brillo ausente de tus ojos, pero no pude: aún los tenías cerrados.
Cuando ya el Sol comenzaba a avanzar sigiloso por mi habitación, abrí los ojos muy despacio, temiendo que volviera a hacerse de noche si lo espantaba. Allí estaba, tendido sobre mis pupilas, como un frágil ave dormitando ajeno al peligro. Un sueño perdido. Un sueño que no había podido soñar. Cuando la luna se fue de puntillas llevándose hasta su olor, volví a sentirme sola. Palpé el hueco que había dejado tu presencia lejana en la almohada.
Y supe que allí nunca había habido nada. Y que ya no estaba dormida.


Que jamás había estado más despierta...



4 comentarios:

  1. Duende
    describes el dolor de la no presencia
    de la soledad acompañada.
    mirar ojos vacíos de un@

    cómo verán ell@s los nuestros?

    un beso

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  2. Cuanto más rápido se escapan los sueños, más tratamos nosotros de alcanzarlos.
    Soledad y tristeza... Una neutral combinación.

    =)

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  3. Awww!
    Ya te dije que AMO lo que escribes?
    Eres muy buena en esto & describes las cosas
    de una manera...tan linda...
    Un beso!

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  4. Me cuesta encontrarte en tantos lugares, pero siempre hay un premio a la constancia; tus palabras.

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