domingo, 26 de junio de 2011

Noches Fugaces

Las cenizas se acumulaban en el cenicero, pero nadie parecía tener intención alguna por quitarlas de allí.
Todos estaban encerrados en sí mismos de tal modo que ni el aliento parecía querer escaparse de entre sus labios heridos para no romper esa quietud que todo abarcaba.

Una melodía de fondo, melancólica, les recordaba que seguía pasando el tiempo... Después de todo.

Después de todo, allí seguían, teniéndose los unos a los otros sin tenerse, nunca, realmente.

Y, entre todo ese gentío carente de emoción alguna, también yo me encontraba. Era una de esas noches que al final acabas por abandonar al olvido. Una noche repleta de desconcierto. Una noche para llorar, pero sin lágrimas.


Si no crees en la suerte, de nada sirve jugarte el pellejo en un todo a nada con el balanceo de las horas, que se alargan y acortan sin preguntarte.
Sin preguntarme. Y todo ese tiempo desprovisto de acciones se me hacía demasiado cuesta arriba para poder afrontarlo.

Al fin y al cabo, yo siempre he sido una más entre tantas. Alguien que sueña, aún temiendo. Alguien que ama... Y a quien nunca corresponden.
Y nunca había hecho mucho más caso. Las personas van y vienen. Las personas no se quedan. Las personas no son como tú, no te engañes.
Pero, a veces, es complicado pretender no suponer a ciegas si la ocasión se presenta... Y, ¡ay!, lo vi tan claro que ni siquiera quise plantearme dudas.
Dudar de ti hubiese sido como dudar de que la tierra gira alrededor del Sol al mismo tiempo que de su eje. Como dudar de que el mismo aire que respiro será la causa de mi muerte...


Ahora sé que debí haberlo hecho.


Y soy un desecho de mi misma. Ya ni ganas de volar me quedan.
Despluma mis alas, al menos, no soportaría que se las dieses a otra para llevártela a las nubes.



Esas mismas nubes, que una vez quise compartir contigo.

jueves, 9 de junio de 2011

Conversaciones al anochecer V

Recorrió la distancia que le restaba a su cintura en dos amplias zancadas.
Quería aferrarse a ella, subirse a ella como si se tratase de la mismísima cima del mundo. Quería memorizarla.
Desde que sus besos se rozaron supo que la seguiría hasta el fin del mundo si fuese necesario.
Y allí estaban.
En el fin de su mundo. Su universo estrellado se derramaba por los bordes. Se deshacía en pedazos menudos que se confundían con la negrura de la noche.
Porque sin la guía de esa estrella, estaba perdido. Era fugaz. Un deseo que no puede cumplirse.



Abres los ojos y allí está. Tumbada junto a ti. No, no es un sueño. Has construido esa realidad con esfuerzo y no ha desaparecido. No todavía.
La luz de un amanecer nuevo se cuela por la persiana medio bajada. Miras fascinado cómo un rayo de luz travieso engarza sus rizos y los tiñe de oro.
Quieres besarla sin que se despierte. Quieres decirle que se quede. Que ella sola es capaz de llenar una vida entera, tu vida entera. Como nadie nunca lo había hecho.



-Vuelve a dormirte cielo... es temprano...
Se hace la remolona. Se vuelve y sin querer choca contigo. Ya no tienes sueño. Observarla es todo el sueño que te apetece preservar... Y ya es tuyo.