sábado, 26 de abril de 2014

Límites

Sentir

Vivir

V o l a r

Caer

Dolor

Pasión

Sangre

Sudor...

Y lágrimas.
Sobre todo, muchas lágrimas.


Anoche el c i e l o se inundó de estrellas insomnes, que iluminaron su incapacidad para conciliar el sueño.
Maravillosa sinfonía de colores se adivinó entre las constelaciones reflejadas en sus ojos huecos.
Yertos.
Secos.
Atónitos.
Absurdo fue pensar que en una noche así, tan idéntica a tantas otras, sí podría lograr tal proeza.
Soñar llevaba mucho sin estar entre sus capacidades. Se la dejó aparcada junto a los versos y a las canciones, que otrora perfilaban su forma de ver el mundo.
Había perdido el rumbo entre tanto ajetreo. El rumbo y la e s t e l a de emociones que hasta entonces había estado guiando sus pasos.
Nunca estuvo más perdida ni menos preocupada por ello.
Aquello no podía ser buena señal.



El Sol salió sin darle si quiera los buenos días...
Y lo peor de todo es que ni siquiera lo echó de menos.
Ahora estar vacía le recordaba que seguía estando.
Porque una existencia a  medias es mejor que no existir.
¿O no?

Dibujó una sonrisa y siguió caminando, sin prisas, rumbo a un destino nuevo.
Quién sabe a dónde la llevarán sus pasos titubeantes.
Erráticos.
Sin rumbo.


Paso a paso, sobrepasó sus límites y siguió avanzando.
Porque hacia delante es al único lugar al que puedes ir, cuando no perteneces a ninguna parte
Como equipaje llevaría, por siempre, sus palabras.
Lo único que la definían dentro de sus contradicciones.

Give me one more chance

Sonríe con timidez, observando el mundo tras sus largas pestañas.
Los tacones de cristal repiquetean contra el pavimento, haciendo que algunos se vuelvan a mirarla.
Pero ella no se da cuenta. Nunca se ha dado cuenta.

Él la miraba desde hacía mucho. Llamó su atención por alguna razón que nunca llegó a comprender.
Era normal, del montón. Y aún así, no podía dejar de mirarla. Cada día, al pasar, siempre aferrada a su carpeta, a su burbuja. A su eterno silencio.
De vez en cuando sus miradas coincidían, y un tierno rubor afloraba. Pero cada uno se sumergía en su mundo. Separados.

Ninguno avanzó nunca hacia el otro.
No tenían excusas ni motivos para acercarse, aunque desearan hacerlo más que cualquier otra cosa.


Aunque el Sol les llamara a pasear bajo él, a tumbarse en el frescor de la hierba de cualquier parque...
Eran dos desconocidos. Distantes. Distintos. Aunque se sintieran completos al encontrarse.


Aquella mañana se sentía fuerte.
Valiente.
Tenía la sensación de que podría comerse el mundo si quisiera.
El mundo entero parecía recibirle con una sonrisa...


Caminaba por la calle, pensando en que era el día perfecto para acercarse.
Para romper de una vez por todas la distancia que los separaba.
Pero la vida no suele dar segundas oportunidades.


Cuando encontraron su cuerpo, aún sonreía.
No había duda de que había terminado sus días sintiéndose libre.
Capaz de cualquier cosa.
Una carta bajo su brazo.
Palabras que reflejaban un sentimiento puro y sincero
que nunca llegó a ser.
Que nunca llegaría a ser.

¿Para qué dejar para mañana lo que puedes hacer hoy?