sábado, 26 de abril de 2014

Give me one more chance

Sonríe con timidez, observando el mundo tras sus largas pestañas.
Los tacones de cristal repiquetean contra el pavimento, haciendo que algunos se vuelvan a mirarla.
Pero ella no se da cuenta. Nunca se ha dado cuenta.

Él la miraba desde hacía mucho. Llamó su atención por alguna razón que nunca llegó a comprender.
Era normal, del montón. Y aún así, no podía dejar de mirarla. Cada día, al pasar, siempre aferrada a su carpeta, a su burbuja. A su eterno silencio.
De vez en cuando sus miradas coincidían, y un tierno rubor afloraba. Pero cada uno se sumergía en su mundo. Separados.

Ninguno avanzó nunca hacia el otro.
No tenían excusas ni motivos para acercarse, aunque desearan hacerlo más que cualquier otra cosa.


Aunque el Sol les llamara a pasear bajo él, a tumbarse en el frescor de la hierba de cualquier parque...
Eran dos desconocidos. Distantes. Distintos. Aunque se sintieran completos al encontrarse.


Aquella mañana se sentía fuerte.
Valiente.
Tenía la sensación de que podría comerse el mundo si quisiera.
El mundo entero parecía recibirle con una sonrisa...


Caminaba por la calle, pensando en que era el día perfecto para acercarse.
Para romper de una vez por todas la distancia que los separaba.
Pero la vida no suele dar segundas oportunidades.


Cuando encontraron su cuerpo, aún sonreía.
No había duda de que había terminado sus días sintiéndose libre.
Capaz de cualquier cosa.
Una carta bajo su brazo.
Palabras que reflejaban un sentimiento puro y sincero
que nunca llegó a ser.
Que nunca llegaría a ser.

¿Para qué dejar para mañana lo que puedes hacer hoy?

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